jueves, 30 de julio de 2009

Las gafas del Sr. Cagliostro de Harry Stephen Keeler

Keeler, Harry Stephen. Las gafas del Sr. Cagliostro. Madrid, 1947. Instituto Editorial Reus. 556 pp. 19x13 cm. Cartoné. Traducción de Fernando Noriega Olea. 20 €.


Si tuviéramos que buscar dentro del género policíaco un escritor de características parecidas, el único que puede recordárnoslo es Harry Stephen Keeler, que empezó a publicar con posterioridad a Woolrich. Autor muy popular en su momento dentro de un subgénero al que pertenecen el Fu-Manchú de Sax Rohmer o las novelas de La Sombra, destacó por la originalidad de sus intrigas en obras tales como Las gafas del señor Cagliostro o Noches de Sing Sing. El punto fuerte de Keeler eran la búsqueda de lo azaroso, las casualidades increíbles y las situaciones no menos imposibles; en El caso del cuerpo loco, por ejemplo, nos encontramos con un ataúd que contiene un cuerpo desnudo: la mitad de ese cuerpo pertenece a una mujer china y la otra mitad a un hombre de raza negra. En Noches de Sing Sing, que se compone de tres relatos, éstos corresponden a otros tantos condenados a muerte por un crimen del que se sabe que uno de ellos no puedo ser el autor; el gobernador del Estado entrega un indulto en blanco para que uno de los tres ponga su nombres en él y los tres deciden relatar inventar una historia y narrarla al carcelero la noche anterior a la ejecución; el autor de la que el carcelero considere la mejor, será el indultado. La tensión angustiosa es doble: no sólo se trata de inventar un relato apasionante sino de conseguir que lo sea tanto como para salvar la vida. Narrar para salvar la vida: no hay mayor emoción y, pensándolo bien, no hay mejor imagen de lo que es la vocación literaria; tampoco un mejor ejemplo de lo que es un relato de suspense. Este modo de enhebrar relatos recuerda un libro magistral de Jack London, El peregrino de la estrella. En todo caso, de lo que se trata es de señalar una tradición de narraciones en las que la imaginación lúdica juega un papel preponderante.

José María Guelbenzu, aquí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada